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Nos podemos acostar con las brasas y salir churruscados, oliendo a carne calcinada y a manteca de porcino.
¡Joder, que no me mire, que no me mire, que me hielo y ya soy un témpano! Aparta esas pupilas de perifollo, perejil guiñado, me cocino a solas con la mano porque no me gusta tu badajo.
¡Qué locura, estoy menos mojada que un desierto cuando me tocas, y, aún así, entras y sales haciendo sangre de arista y dejándome pálida y azul como la escarcha!
¡Qué me escarcho de risa y eso ya no tiene remedio! ¡Qué se te encoge y mi boca es incapaz de reanimar al muerto! Desisto, fóllame si puedes, pusilánime, y si no..., que te follen.
El sabor de tus besos es como fumarse un habano que ha pasado previamente por el ano, esa butaca triste y sin estrenos para los cinéfilos. No tienes ritmo, macho, y dudo de tu pasión, me parece que no has visto a una hembra ni de lejos, con tanta miopía y lagañas. No tienes entrañas, ni adiestrada la bragueta para dar con el conejo (espera, que me la introduzco yo y me lo hago yo misma).
Bueno..., veo que eres un inútil y se te cae el espumajo sobre mis manzanas (esa sidra te pone). No he oído nunca que a un hombre se le haya roto, pero tú ya la tenias rota antes de nacer.
¡He tenido que esputar porque este malnacido no me sabe amar!
¿Te estoy animando con mi discurso? Espera que te hablo de política, del sanchete y del coletas, para que te retengas (es bueno para la eyaculación precoz).
¡Qué atroz! Aguarda, voy a ponerme cera de abrillantar en la vagina, a ver si te resbalas y te rompes la crisma contra mis esquinas.
¿Se te ha bajado y no eres capaz de subirla? Nunca me lo han hecho a medio medio pelo, sino a capullo entero y hasta la bandera. ¿Tengo que enseñarte a desabrochar un sostén, bobalicón? ¿Por qué tu pene siempre apunta en otra dirección? ¿Quieres dejar el equipaje en otro garaje sin pagar peaje? Estoy tan aterida que puedes poner tu morcilla a curar en mi despensa.
Muy mal. Golpéame las cachas como un hombre, toca las cachimbas y baila un reggaeton, a ver si siento un reventón en el corazón. Con tu licor no tengo ni para una cucharada de sirope: si no das de beber y comer a las musas, pasarás sed de poemas y hambre de coños.
Me has salivado hasta la santa efigie del cabecero, pero ni una gota en el lupanar de mi ramera alma. Haz lo que quieras conmigo, pero dentro de cinco minutos tengo que trabajar y prefiero ir vestida, ya que no iré servida.
¿Se te ha escapado un cuesco?, porque he notado un ambiente enrarecido entre nosotros. Cariño, muévete como una compañía de cosacos y móntame hasta incendiarme los ovarios. Haz de mí tierra arrasada, Stalingrado, o piensa que soy una furcia alemana y que me vas a meter el Kremlin por el culo hasta que el nazismo gimotee en eslavo.
¡Te ameré si alguna vez me pierdo en tu entierro y me acuesto con tu muerte!

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