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Tú, que crees en el amor de las prostitutas y en el reclinar de los hombres, eres un cordero entre corderos.
Tú, que amas los chorreones de pintura y la laca de las bombillas, aún crees en la eternidad.
Tú, que te precipitas a la indolencia de la hoguera y observas el desprecio de los que se dignifican. 
Gilgamesh, buscando la inmortalidad, batiéndose contra maquinaciones y demonios.
Tú, que amas el detrito y atas los perros al inconformismo de tu nombre, los ladridos no dejan de asediarte y tu poema se perderá como una narración sumeria.
Tú, que prevaleces en el corazón y escribes en acadio las semillas del tiempo, complácete  y asegúrate de amar lo posible.

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