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No se le puede decir que no a la epiglotis de un columpio, a esa dama despótica de lechos calientes, pero ahora se hace imperioso regresar a la inocencia, chapotear plumas de avecilla y una noble ambición.
El acto es grandioso mas echo en falta la comicidad de los Eternos, porque de existir algo tan excelso, tan sublime, tan perfecto, necesitaríamos la carcajada del impúber y la sonrisa de la languidez.

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