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Ella abrió de par en par la habitación y los extraños se desnudaron y se desmintieron. Observó su sexo y pareció complacerle, incluso más que la reciente relación epistolar que habían mantenido. Sin darse cuenta pasaron de las palabras a los hechos, tan rápidamente como se bebe el vino de una copa o se sacraliza una ofrenda ante el altar. 
Ella gozó sobre él o parecía llegar a los límites cabalgando a ciegas aquellos cueros de seminarista. Él era un tipo difícil de complacer, pues sólo era capaz de correrse con "La Crítica de la Razón Pura" y unos versos de Eliot. 
En medio del acto, le dijo si estaba segura de querer hacerlo y si no sentía alguna suspicacia hacia su persona. La belleza jadeó y exclamó algo ininteligible mientras seguía insistiendo en hinchar su vagina con el insuflado. Era delgada pero llegó a tener la forma de una estación  meteorológica.
-¿No te parece que hemos pasado repentinamente a la acción y ni siquiera nos hemos calentado los tendones? ¿De verdad te apetece?, ¿casi no nos conocemos?
Se escuchó un chapoteo y un gemido abrupto de disconformidad.
Desde otra perspectiva apenas se observaba el pene del varón, entraba y salía espoleado con el temor de meterse en algún sitio inadecuado y la creciente posibilidad de empotrase contra los cerrojos de la dama y su mampostería.
Por fin algo parecido a un orgasmo mutuo, un estallido de branquias y de pez desparramándose sobre la enclenque figura del amortizado y el rostro despótico de la hembra: un pestañeo femenino, alioli y mayonesa emulsionada sobre la galleta de jengibre (esa es la esencia del amor, la representación más pedestre y ambigua de su totalidad).

A veces detrás del poeta sólo hay un loco aunque pensemos que la locura es inteligente.

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