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No creer en nada, ni siquiera en la apariencia de la nada.
Los Gigantes de oro alguna vez durmieron con dinosaurios en las cunas. Es hora de pisar lagartijas, cráneos de monarcas eméritos y allegarse a algún cielo lleno de rosas y escaramujos. 
Detener la inspiración es como cortar la meada. ¿Cuantas veces apretamos la vejiga hasta que la orina rebosó en el borde y el poema se convirtió en una salmodia?
Nos asomamos a la tierra hueca, al sol interior de los mundos, mas todavía no hemos observado la singularidad que defeca caracolas en una esquina del orbe. Por el momento sobrevuelan bolsas de basura o yacen mecidas por las olas como sábanas de plata, mientras las niñas cursis se hacen selfies vaginales. 
En una charca de amor hundí el dedo gordo y atrapé un cangrejo. No hay nada peor que sentirse vacío como un electrodoméstico o enamorarse de un refrigerador. 
Los Gigantes que se sientan en el trono de la creación alguna vez jugaron con muñecos de trapo.
El eterno dualismo y el convencionalismo de sus contrarios, más no por ello dejarán de existir los alumbramientos, todas las sombras y matices bajo su vulnerabilidad y amparo. El arco iris proviene de la luz, la oscuridad proviene de la luz y un mar sin mar sigue siendo océano.

Muerte al Bordón

Un poeta es un Rey, susceptible de mensurar los versos con dignidad. No eres más noble que un pareado cuando utilizas prebendas para malversar y la sangre pesa como un panqueque de testaferro. Si amas a un acreedor de los versos, a una verdulera de las letras, a un pescadero de las estrofas,  a un carnicero de las monsergas, arrodíllate y friega escaleras.
Es más peligroso ser un tonto aparecido que un tonto perdido.