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Nunca he pretendido la exclusividad de un cielo, sólo pensé que al cielo le importaba. Y, ahora, ¿dónde debe ocultarse una criatura poseída por la noche? ¿Qué aranceles ha de pagar cuando ose contemplar otro universo? ¿En qué astro poner los ojos que no huya de nuestra percepción? No podemos retener a nadie bajo el influjo del amor.
Nunca pretendí la esclavitud de un cielo, el escarnio o la maleficencia; mas, libre o esclavo, nunca fue mío. No había ninguna posesión en su silencio, ninguna mancha que lo motivase. Su alma me henchía, me tonificaba respirar y exhalar su esencia, el corazón se retraía y restallaba en el cúmulo.

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