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No se puede invocar a la ceguera y seguir creyendo, la falta de esperanza oscurece la fe. No había un destino pero sin destino tampoco hay un porqué.
No se pueden acrecentar sentimientos para la nada y seguir jugando al mismo tiempo.
Predestinados o no, sufrimos y levantamos muros en nuestras almas. Finalmente olvidaremos todos los nombres, la canción tarareada en el corazón del tiempo.
Por un resquicio, viento y marea, la materia es ahoyada y en la abrasión la roca se hace arena; intenta coger un puñado de ese esquivo elemento y retén algo más que un esbozo.

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