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¡Estaba tan hermosa! Todos los cuervos a su alrededor y yo haciéndole el amor (creo que se la metí a algún cuervo porque ella graznaba y no dejaba de aletear). Sus ojos brujos picoteaban mis párpados. Tenía esa expresión de los muertos que aún no están convencidos de su muerte; y, abracadabra, tuve que volver a meter sus intestinos donde estaban.
Le di la vuelta al despojo para observar el iris de su culo, tan bello como una supuración (fue una delicia de heces y esperma putrefacto).
Oí una risa impertinente cuando la estaba vaciando de sus jugos. El viento ululaba más que de costumbre por aquellos parajes oscuros. Le solicité otra postura, pero en mi atrevimiento le disloqué las caderas y no pude componérselas. Jugamos a la ventrilogía con gusanos y pupas de mosca. Las sacudidas le gustaban y las aves más diáfanas aterrizaban en sus glúteos gorjeando, llevándose un trozo de cuero para sus pitanzas.
¡Estaba tan hermosa como un amor descompuesto, y el afecto no nos maldecía con presentes ni futuro!

2 comentarios:

  1. ¡A quién se le ocurre meterse en la tumba con Franco!

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    1. No me gusta mezclar el placer con la política, la política ensucia a los muertos, pero entiendo tu tono humorístico porque el poema es bastante sacramental.

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