Un ángel se sienta a tu lado, cara a cara, descarado. Los ojos azules de azul cobalto te escudriñan. Ya no sabes qué  hacer con el postre y es  mejor arredrar la cuchara del plato.
Las miradas que no se cruzan se derriten en la nada. Acerco el yogur al labio y se descuelga como una baba, como una bala. El ángel caído se ha quitado una prenda del vestido y he podido observar el vello de sus antebrazos. Como una estocada, el piélago de sus pupilas,  el perfume de sus axilas depiladas.
Con tanto cielo me ha sentado mal el almuerzo, preferiría estar en un rincón del purgatorio y eructar cualquier historia sin sentido.
Finalmente el poeta se escabulle y el ave vuela (voilà!). Después de la ensalada regresa una nube opaca, mas oscura que el sarro de los dientes, y el  funesto sonido de los versos asemeja el ruido de facóceros hozando.
La belleza se nos pierde entre alegatos y la fealdad permanece con nosotros sin reparo. Estoy aguardando un paraíso o una escobilla de retrete, un desatascador de los infiernos para decirle algo, pero el extremo de cualquier perfección nos transforma en somnolientos,  miopes, torpes y cegatos. Cerca de los dioses cacareamos como cluecas gallinas sin gaznate, extasiados por lo imposible, lo impasible y lo innombrable. El firmamento se resquebraja y  el amor es una trampa para peces.

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