Somos como una casa de putas sin putas, igual que un vetusto burdel sin rameras o un patio carente de flores. De todas formas, a quién le interesa el ego de una furcia y, por extensión, a quién le importa el ingenio de un poeta. La indiferencia se adentra en los prostíbulos y se acuesta con las musas, mas la perdición de un idiota es creerse digno entre ángeles. No vales nada, aunque lo más parecido a un dios sea un proxeneta de los versos.

2 comentarios:

  1. Y me hablaron del romero, "de sale lo malo y entra lo bueno" ; del ramito de violetas y la violetera con su cesta y extremidad en forma de jarra dejando ver así sus muslos con aquellos harapos que decían tan sensuales... qué poeta, y nos incluyo (con tu permiso) no hace de cada palabra un prostíbulo donde al paladear la entonación terminamos abriéndonos de piernas y disfrutando del buen verso.

    *Nota: mi querido amigo, no os olvido y os sigo atenta... en breves me pondré al día, a la noche o a la tan valiente madrugada y sus gemidos versificados.
    Un abrazo inmenso.

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    1. Es aconsejable el antipoema y, en todo caso, el antipoeta (la antítesis absurda y vana del bardo). Tal vez la poesía sean las burbujas de un pez detestable en el océano o las crias de un tiburón toro depredándose desde las mismas entrañas de una madre (no tan escuálida pero sí muy escualo).
      De todas formas, tiene que servir de precedente, permitirnos, aceptarnos e incluso excluirnos del vicio del poema.
      Habrá que darle la vuelta a los calcetines de la literatura hasta hallar los pies desnudos y mullidos (hagamos de la belleza un pintauñas o un pintalabios para los intersticios digitales). El complejo de los dioses contribuye a una razonable cura de humildad (somos el barro divino y el ánfora del torno aunque nunca sintamos el refinamiento de la porcelana).
      Eso sí, refirámonos siempre al gemido, no importa de qué verso...

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