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¡Oh, maldición! Solamente servir a la literatura, hervir en una cazuela, vivir a través de la belleza, escribir en nuestros cuerpos. Ninguna hora vale su posibilidad si no es arrancada del cielo con tenazas, si no es desposada del Hades a pedradas.
Me pongo de tu lado, amada apologeta, yo que amo las letrinas, yo que detesto a los libreros y mataría a todos los poetas por el placer de oír restañar sus huesos, ahora sé que el sol asciende cuando te leo.
El viejo loco en la bodega y el joven en el granero... Es evidente, si somos videntes la misión es la visión. Aparte de nuestra desafortunada existencia, el verso se alza de oriente a occidente como una proa desafiando al mar. 
Así que ningún lugar es su lugar, ninguna ocupación su oficio, ningún destino su fe, pues Ella ocupa el centro de todas las lealtades.

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