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El río lleva nuestro amor a su orilla sedienta y los servales muestran sus bayas bermejas como preciosas guirnaldas de sangre.
El cielo cae, toisón de oro, sobre un labio romo -renacuajo infantil e incrédulo-, deja que mi beso acierte a comerse el batracio.
Bajo las hojas del sicomoro te observo; mientras, absorta en tu lectura te recoges y vuelas hacia el calor del sol.  Ya no perteneces a mis ojos, eres de mi alma, y ni siquiera en mi alma permanecerás inmutable.

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