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Por un tiempo,  a uno de los jefes se le dio por hacer un reconocimiento en la fábrica.  Lo tenía a mis talones mascando el sudor de mis calzones, pero siempre me encontraba con una herramienta en las manos y cuando necesitaba ir a algún  sitio nunca regresaba de vacío (de mis tareas, mis habilidades y mi celo, se percataba el inspector, que hacía todo lo posible para cazarme en un descuido). La verdad es que la garrapata estaba bien agarrada.

Un buen día se dirigió a mí y con absoluto asombro me inquirió:

-¿Usted le da a todo?

A lo que respondí :

-¡Sólo a las mujeres!

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