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Bella cagaba unos pedos muy bestias y el ruido ponía paranoico a Bestia. Bestia cagaba unos pedos muy hermosos, los aplastaba con fruición para ornamentar su canto y eran tan delicados como el perfume de las rosas. Bella no poseía aquella discreción y pasaba de esos orgasmos de narices, respondiendo a la galantería con mayor estridencia y sarcasmo (tanto aprecio salpicaba los vestidos de baile y manchaba las cortinas de palacio). ¡Oh, maldito cielo! ¡Bestia amaba a su bestia y Bella amaba a su bello!

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