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Una doncella en un remanso de agua es como un terrón de azúcar diluyéndose en una taza de té. El nadador censuraba a la prudente muchacha mientras se asía a una baliza circunstancial, a unos cuantos largos de su cruda belleza. El marinero satirizaba, a media milla de la costa, el estilo del bañista y su falta de atrevimiento. En alta mar, un ballenero de Melville zahería las luces de la providencia y la cualidad de todos los hombres atados a un intrépido destino. El canto de los cetáceos sonaba atroz bajo las cuadernas, cáscara de nuez en medio de la nada. Del firmamento, a poca distancia del navío, se escuchaban carcajadas divinas, que, como una magnífica tempestad fueron barriendo los vómitos de la cubierta. Por fin los cielos se calmaron sobre los insensatos y Dios cesó en su risotada, se volvió de entre la inmensidad para contemplar junto a su amada tetera, el delicado equilibrio de un mínimo gesto en el corazón de una infusión.

Comentarios

  1. Ya decía yo que siempre tengo calor... claro, una puta infusión es lo que me envuelve...

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  2. En los pequeños detalles está la grandeza. ¡un té frío, por favor!

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