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La canción se dobló por las esquinas. No era amor, no era amor, el pertrecho del soldado, la pólvora del placer sobre el altar, la atracción de los esclavos por la muerte. Dejó de ser amor para convertirse en promiscuidad de cielo, en un presunto del deseo. Primero fue la ofensa, el desequilibrio, la luz solar sobre los hombros...
Accedí a no pretender para que pudieras ser y así ocupar un lugar sin espacio. Para que existieras en tu vino me convertí en la ausencia después de la música, una tonada de segundas nupcias.
Después fui relegado al capricho de una amistad, allí entre sentimientos de encomienda y aceptación (una amistad con derecho a pernoctar pero sin ningún derecho al reproche o a la contradicción).
Me conformé con ese fuego de camaradas para las tardes grises y la esperanza de lluvia. Más tarde acaeció  la noche y el amigo ya no era amado por la confidencia, el amigo quedó sin palabras para el trance. ¿Qué es una amistad si no compartimos los ecos, el fulgor y la derrota? ¿Cinismo de comediantes sin discordia? ¿Qué es una amistad sin la dicha y la tristeza de las calles?
Sentí la humillación de tu verso, la mortaja, los sudores, el desprecio; un poema para espaciar la noche y la costumbre, la infrecuencia y el alba. Y, ahora, si pretendes hallarme, ¿con qué deseo he de acudir a tu alma? ¿Con qué voluntad desatar la sangre para mentirle al corazón?

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