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Prosa del ágape

No se ve al ángel sentado a la mesa pero tanto la llamada como el vuelo saben de él, conocen su presencia...

Julito Chés



A mí me sirve una ordinaria gallina: no me importa que cacaree en el servicio o se siente a la mesa si degusto sus zancos y sus finas pechugas.
El ángel es más complicado de satisfacer y no aporta tanto beneficio a la mutua complacencia.
Ahora lo comprendo, comprendo los entresijos de tu discurso y su disyuntiva: es el amor (el amor es ese invitado que se marcha sin pagar y, ya servido, nunca da propina).


 
Esa insistencia en demostrar ordinariez debe ocultar un corazón sensible y refinado. 


 
Esa insistencia en demostrar refinamiento debe ocultar un corazón prosaico. Lo ordinario es caviar y sangre de lamprea. Tu poema se crece y transgrede con su acuciante interioridad. Simplemente busco contrapuntos para un diálogo de reciprocidades. En cualquier  gallinero se ocultan más ángeles que en el cielo, aunque el cielo sea un establo.

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