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Un hombre cursi y mujeril se acercó a una hembra prodigiosa. Su apariencia rotunda, sus recios brazos y el vello que le asomaba por encima del escote delataban una belleza rudimentaria, pero quedó prendado de su bárbara carrocería. 
Un hombre lampiño, de escroto rasurado y ano depilado, deseó ser penetrado por un coño con melena. La bestia saltó sobre el sorprendido que con amanerados gestos se derritió como un fondue tembloroso; ya era un ponche con huevo en la boca de ese animal hirsuto, un elixir en el beso de la Diosa, una moquera en medio del estornudo. 
Su polla perfumada desapareció en las profundidades abisales y acuosas, succionada y castigada como una ubre Frisona. Se corrió con las narices en el sobaco de aquella ambigüedad única que olía a cochiquera y exabrupto de porquero. 
Le sodomizaron sus palabras embrutecidas y poéticas: "mi puta lechera de pija floja, te voy a follar como una fulana de alterne y me comeré todas tus babas". 
Sintió que la cisterna le regaba el pubis por entero y que su escaramujo se arrugaba dentro de la bañera; aunque nada hay comparado con el amor de una Eva andrógina y un Adán afeminado, pues sólo podemos decir: "¡así sea, sisea, sarasa!".

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