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Supongo que unos llevan a pasear a sus perros y otros callejeamos y atendemos a nuestros poemas, no hay demasiada diferencia. A no ser que los abandonados recalen en una perrera, todo es un civilizado sincronismo, un deambular hacia ninguna parte. Pero, ya con la muerte como terapia residual, el verso y el ladrido se convierten en nuestros olvidados.

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