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Corazón mendrugo, tirano de hojalata, estoy de nuevo aquí, sin acordarme de nada, sin rememorar los ojos. Almas sutiles, complacidas por algo que no pueden contener, ni comprender ni amar (esa belleza). Sin embargo tus ubres y tu boca pertenecen a mi historia, escrita en nuestros cuerpos con abundancia de retórica.
Regreso a las moscas y las moscas vuelven a mi lado, apresando circunferencias bajo los cielos rasos.
Según mi musa, ya no tiene sentido la palabra “amantes” ("amantes” es un vocablo constreñido a los aseos, controvertido y defecable, aliento diocesano o pulimento de carrocerías).
Te amaría siempre y no por el engaño de abrazarte o probar tus nalgas con un ángulo absurdo que me haría penetrar tu antebrazo. Fuimos amados por el amor y el amor se burló de nosotros, impostores de papel higiénico en el meta-agujero de la poesía.
No estás dispuesta a satisfacerme en nada, excepto en  la desgana, el mantel y la cubertería de plata.
Supongo que hay demasiadas mujeres y demasiados hombres a nuestra elección, dispuestos a encabritar las olas por una majadería o a abrirnos el cráneo con una sombrilla playera.
¿Te sirve mi despojo para las horas de ocio o prefieres hacer las cuentas con ladrillos?

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