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Señora, tengo unas ganas inmensas de defecar, y aunque su conversación me resulta harto agradable (incluso punible), esto constituye un grave inconveniente que afecta íntimamente a su persona. Aguardo me disculpe de aquí a la eternidad, pero mis versos, cuando estoy inspirado, requieren una extensión infinita de papel higiénico. Le doy la mano ahora, y me despido cordialmente, puesto que después le sería ingrato hacerme cualquier deferencia y a mí soportable gratificarla en la misma. Dicen que allende la des(composición) un poema repica campanas, clama ardores y apesta a yunque de fragua y a fuelle de herrería. Sin más, me voy a la letrina para suplir la natural belleza de vuestro rostro con la incontinente demencia de mis tripas.

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