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Yo la montaba -no hay nada más descarado que comerle los morros-. Yo la besaba -nada hay más tierno que el moquear de su corazón-. ¡Con cuánta vehemencia le quitaba las liendres a su caniche! No me importaba el trió si la consecuencia era el amor, aunque en el fondo supiera que únicamente el animal ocupaba el lugar del afecto.

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