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Los clavos de los ojos se deshacen en el tiempo. No llenes tus lágrimas de arenas banales, hilos de una seda invisible, la inocencia hasta la crudeza de la opresión. Tengo a mis pies el destino de las piedras, grano a grano, afluente a afluente, cada construcción en el remanso de las olas. Sólo abre esa lata de cerveza, viejo loco, para compartir en un trago espuma y recuerdo. De eternidad en eternidad, peregrinos de la muerte, nos haremos perdonar como estúpidas rameras.

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