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Si carezco de las fuerzas necesarias para subirme a un hombre, cómo me voy a aupar a la humanidad. ¿Tengo que reconocer la cronología de cien años cuando apenas distingo la longevidad de mis dedos, la palpitación y el pulso de un latido? Creo en la intención que no avasalla y en el rostro que nos devuelve la mirada. 
Ella se hará un nombre entre los nombres y no querrá jamás regresar a mi alma. Preferiría que no fuera nadie y que los dioses la despojaran de su condición y talento para que me asistiera en la cama.

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