Te daré una canción herrumbrosa de muerte en la nada de las alcobas, ahora que todo sabe a piélago de ausencias. El hijo pródigo ha regresado a esa ratonera de manipulaciones y pirotecnia. El amor materno te mete el dedo en el culo para hurgar en las alcachofas podridas. Te llena de colonia barata el triste entrecejo, te castra y te colma de dulzor. Te prepara ropa limpia y te coloca el cuello planchado de las camisas. 
El poeta, vestido como un submarino amarillo o un niño autista, se encamina con su fantasía al café de las niñas guarras.
Tiene esa sonrisa etrusca de alma plastificada, corazón lignificado y cielo azul. La rutina de su trashumancia le hace contemplar cachas, pero retorna siempre con alguna curiosa secuencia de sus deambulares. Esta vez, un hombre trataba de limpiarle el ano a un caniche con la punta del paraguas. Me pregunto qué pasaría si practicáramos ese acicalamiento y nos utilizáramos como paragüeros...

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