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El Hijo

En algún momento soñaste engendrar un hermoso vástago, un heraldo de tus antagonismos, un degenerado bastardo del lirismo, amanerado de cierta conducta que llamarías malditismo.
Pero el semen de un poeta sólo sirve a la desesperanza, ni siquiera para delinquir la belleza y alentar la perdición. Ningún merecimiento de tus bragas podría haber ocultado tal deficiencia.
El despreciado escribiría sus memorias amnióticas y crecería con el animalizado deseo de asesinar un cielo y extirpar una muela.
Lo aleccionarías con tu denostada propaganda. Gentleman de la indiferencia y la indolencia, despotricaría en tus ojos con el vicio del lactante que bebe zarzaparrilla y se emborracha de ideales, olvidando al patético progenitor que lo abominó como un desperdicio del estro.
El cachorro parricida regresaría de entre los muertos. El gestado en la locura tendría un parecido extraño a un encantador de serpientes y un niño autista; y, cuando anticipara su cobarde corazón al nacer y la endeble enfermedad que emana de tu dulce rostro, utilizaría el cordón que le dio la vida, la soga umbilical de tus mismas entrañas, para estrangularte con su propio destino.

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