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Ella abrió de par en par la habitación y los extraños se desnudaron y se desmintieron. Observó su sexo y pareció complacerle, incluso más que la reciente relación epistolar que habían mantenido. Sin darse cuenta pasaron de las palabras a los hechos, tan rápidamente como se bebe el vino de una copa o se sacraliza una ofrenda ante el altar. 
Ella gozó sobre él o parecía llegar a los límites cabalgando a ciegas aquellos cueros de seminarista. Él era un tipo difícil de complacer, pues sólo era capaz de correrse con "La Crítica de la Razón Pura". 
En medio del acto, le dijo si estaba segura de querer hacerlo y si no sentía alguna repulsión hacia su persona. La belleza jadeó y exclamó algo ininteligible mientras seguía insistiendo en hinchar su vagina con el insuflado. Era delgada pero llegó a tener la forma de una estación  meteorológica.
-¿No te parece que hemos pasado repentinamente a la acción y ni siquiera nos hemos presentado?
Se escuchó un chapoteo y un gemido abrupto de disconformidad.
Desde otra perspectiva apenas se observaba el pene del varón, entraba y salía espoleado con el temor de meterse en algún sitio inadecuado y la creciente posibilidad de empotrase contra los cerrojos de la dama y su mampostería.
Por fin algo parecido a un orgasmo, un estallido de branquias y de pez desparramándose sobre la entelequia, la figura de los amortizados, un pestañeo, alioli y mayonesa emulsionada sobre la galleta de jengibre (esa es la esencia del amor, la representación más pedestre de su totalidad).

A veces detrás del poeta sólo hay un loco aunque pensemos que la locura es inteligente.

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