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Todo lo que ama nos devuelve un rostro desposado con la eternidad.  Desposeídos de corazón, nos arrastramos por el fango y los hedores de alma. Tenemos que albergar otros mundos para hacernos con la furia del ciclón y dejar de malversar los silencios. 
¿Cómo objetar un tiempo disperso en la belleza sin penetrar la belleza de la dispersión? Aquello que ama susurra en nosotros, meteoros perdidos retornando a los ojos,  alas rotas para emprender el vuelo.
Ojala, en vez de maldecir, pudiéramos dejar algo de inspiración en los cuerpos hacinados... Cuando todo parezca desistir nos crecerán apéndices de ángel y podremos elevarnos hacia alguna belleza.

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