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Primero fueron tus almas, siete almas a kilo de placer. Me deleitaste con un kilo y un cuarto de tu amor en la balanza. Después fue el desencuentro, una parte de tu corazón para los ecos del camino y el helio, pero la canción seguía sin pertenecernos. No se puede circunscribir un baile a una ola sin adentrarse en la plenitud de las mareas.
No me importó ser carroña dulce en tu despensa, un bestiario del buen amar y el buen sentir; pero hasta los milagros de semen deben ser pesados, calibrados y mensurados, si ansiamos adentrarnos en la profundidad de las entrañas. Al final no se le puede hacer sombra a un poema ni amarrar un mar entre pilotes.

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