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Me ataré a tu grupa, a tu tímido reflejo de animal, y tu tibio excremento será catado por mi hocico. Podré mancharme con el condescendiente aroma de tus ubres y tu rabo me abofeteará todas las moscas. Pero, desairada, con menosprecio de yeguada, relincharás mi nombre en los establos y orinarás tu contrición sobre mi cara -heno de rabia-, una ofensa que mi alma de cobertizo sabrá recompensar y querrá amar, rumiando la promesa de cabalgar juntos.

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