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Imagínate que yo soy ese loco con una empanada en la mano -el loco no sabe comer sin tenedores, sin aristocracia y sin placenta-, e imagina que tu manicomio nos sirve de servilletero; después de todo, el refinamiento nos limpia la gula de los labios y nos besa la legaña del ojo. El amor de ese ser superior, abrupto sobre un castillo de convencionalismos, es el eructo y la onomatopeya sobre tu rostro. Imagínalo con aires burgueses y nobiliarios asomándose al balcón de tus senos para acariciar la orla de tus pezones con rape en la narigada.
Maldice esa presunción de hombre que quiere apoderarse de tus gemidos, con voz de regaliz y un chupete en el ano. Ámalo como la anarquía a su inquisidor, pues el inquisidor nunca dejará de torturarlo y el mayor tormento es el aprecio.

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