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Subiendo por las escaleras de servicio hacia un centro comercial, el poeta lleva a su nieta en brazos.
Asciende de los sótanos un hedor a desperdicio y putrefacción. El poeta se jacta de la nauseabunda fragancia, y, la divina criatura, aupada en sus manos, asiente con total indiferencia: ¡es tu aliento que huele a basura!
Por supuesto, un ángel es incapaz de mentir.

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