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Después de mil marcha-atrás (también es mala suerte) quedar preñada y parir a un poeta. Desde el principio, más que un hijo bastardo, una puta llorona a la que le  olían los pañales (muy holístico, hay que decir, para unas narices refinadas). Antes aprendiste a rimar que a mear, a marear que a navegar, a dar que a pedir, y el mundo te miró raro, como una cagada  de perro en una farola (¿cómo haría el can para defecar a la altura de un bombillo?). Tu querida madre te arrojó a los pechos de una nodriza estúpida y risueña antes de cortar el cordón umbilical con los dientes. Ésta te alimentó con la leche más tibia que el orín de conejo, y tú te enchufaste a su rosada aureola, a su dramático pezón, igual que una lamprea. Fuiste medrando con el desprecio de los sirvientes y la contrición de los servicios, siempre lejos de unos progenitores que intentaban un coito sin interrupciones para concebir a un letrado.


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