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Por lo tanto, dejémonos de miradas superfluas (la superficialidad es incapaz de arañar el interior de la piel para llegar a los vestigios del alma) y vayamos a la hondura, al lugar donde los ojos se precipitan como impacientes estrellas a la ceguera nocturna, a la sed encerrada en el laberinto del labio; pero todo a su tiempo, a su debido momento, antes hay que hacer honores a la pausa.

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