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Que el olor de su herencia sarnosa no moleste, ni estorbe en las fauces de la chacinería. El Hacedor no repudia a sus animales por animales, simplemente deja vivir y mantiene el veredicto de muerte sobre sus mascotas.
Algo está cambiando en cuanto a la esencia. El perro sin collar ha mordido las bayas y ha orinado en la base del arbusto. El perro dejará de ser perro para convertirse en otra clase de vida, diferente a cualquier otra raza, y discutirá su procedencia a los mismos ángeles. Al Dios sedente le toca sobreponerse y dirimir si los ladridos deben ser convocados ante concilio. ¿Dejará que sus siervos se conviertan en lo que no son y afronten lo que serán?
¡Oh! ¡La prefectura de los cielos nos habla con enigmas y nos condena al ostracismo! Habrá observado esto tantas veces, civilización tras civilización, que le tiene sin cuidado ver como se estremece la pieza hasta que su convulsiva sustancia agoniza.
Algo se mueve en los círculos de piedra, un precavido peregrinar hacia el exilio. Ya nadie se acuerda de los sacrificios solares. Todo el mundo reclama el báculo y la entronización para sí. En la putrefacción de los días, la sordera horada los timbres gastados. Los Dioses tornarán como ciegos videntes, acompañados por sus terribles lazarillos, y ya nadie podrá apartar de la semblanza la sangre del advenimiento.

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